sábado, 24 de diciembre de 2011

El día mundial de James Stewart


Os deseo a todos una feliz noche y unas Felices Fiestas.

Y si esta tarde, alguna cadena de televisión pone esta película en blanco y negro en la que James Stewart lo pierde todo el día de Navidad y comprende después el valor de su propia vida para él y quienes le rodean, no dejéis escapar la oportunidad de verla.

Es el mejor regalo que el cine puede darnos un dia como hoy.

Feliz Navidad

viernes, 23 de diciembre de 2011

El Havre


Cuando prácticamente todo el menú cinematográfico navideño esté servido, Aki Kaurismäki estrenará la última de las suyas: El Havre. Esta vez, Aki ha puesto su originalísima mirada en una de las más tristes realidades de esta Europa nuestra, que se llena la boca con declaraciones en apoyo de los países desfavorecidos mientras manda a su policía a rastrear, confinar y expulsar a los que vienen desde allí intentando salir adelante.

El Havre cuenta la historia de Marcel Marx, un anciano escritor dedicado a limpiar botas, beber vino y querer a su lacónica esposa, hasta que un buen día conoce a un niño de Gabón que ha entrado ilegalmente en el país y huye de la policía para reunirse en Londres con su madre. Mientras la mujer de Marcel se encuentra ingresada por una enfermedad terminal, éste da cobijo al muchacho para que no sea deportado y pueda alcanzar su destino.

Apenas poco más: unos parroquianos en el bar, unos cuantos comerciantes de barrio, una vieja gloria del rock francés, un policía anticuado y un soplón.

Con esos ingredientes, Kaurismäki cocina una de esas austeras pero sabrosas sopas finlandesas marca de la casa, de las que te ponen taciturno pero te confortan. Y lo hace sin sermones cinematográficos, a través de su humor frío pero descacharrante (¿cómo se consigue eso? pregúntenle a Aki), acertando en el enfoque, con moderado optimismo y mucha humanidad. La que demasiadas veces falta en los países “avanzados” con las personas que representa este chico de Gabón. A lo mejor por eso la película se estrena el 28 de Diciembre: es el día de los inocentes.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Esta tierra es mía


Anoche soñé que volvía a Manderley…

Un aula. Un aula antes de que llegue el maestro. Un aula donde los niños se zurran la badana y preparan un recibimiento lleno de humillaciones a quién debería inspirarles un mínimo de respeto. Un aula que es, sin saberlo, el corazón de un pueblo con su monumento al soldado desconocido de la anterior guerra, invadido por los artífices de una guerra nueva, en realidad siempre la misma, la de los sueños imperiales que acometen periódicamente a las naciones.

Un maestro. Un maestro solterón, bondadoso y apocado, que vive bajo la castrante protección de su madre y ama en secreto a su bella y valiente compañera de trabajo, novia del atractivo hombre de negocios local. Un maestro incapaz de declararse a la mujer que quiere, incapaz de enfrentarse a sus obligaciones cívicas o de animar con su ejemplo a los alumnos. Pero inteligente, sensible y generoso.

Un colaboracionista. Acomodado, crédulo, delator, el auténtico cobarde del drama. Inepto para comprender el alcance de sus actos hasta que la verdad de sus nuevos amigos se descubre sin estridencias, con la suavidad con la que se invita a obedecer sin límites para que sean otros los que mueran.

Una mujer. Una mujer con las ideas muy claras respecto al ocupante. Pero con el corazón nublado frente a su peligroso prometido y un hermano secretamente heroico, sus más cercanos afectos. Una novia de luto, resuelta a pesar de todo, que resiste cada sacrificio sabiendo –como sólo las mujeres saben- que es así como se gana.

Un saboteador. Escurridizo, implacable, camuflado bajo una cordialidad con el invasor que le gana el desprecio de sus seres queridos, pero consciente de que la vida de todos y la libertad de la nación están en juego. Que los inocentes no mueren en su lugar, sino con él y cada día.

El verdadero saboteador. El comandante alemán que lee a Tácito y busca cómplices para una “ocupación pacífica”. Un saboteador al que se descubre en toda su crudeza mucho antes de que empiece a fusilar vecinos del pueblo: desde que ordena arrancar las páginas de los libros de Historia, por las propias manos de los alumnos, por indicación de sus maestros, en el aula donde la dignidad perdida acabará recuperándose.

Y un discurso. El discurso que nadie quiere escuchar, porque la Francia enmascarada como “algún país de Europa” estuvo llena de autoridades, comerciantes y madres aterradas que preferían estrechar con desagrado la mano del enemigo antes que sacrificar sus puestos, sus negocios o a sus hijos.

Esta tierra es mía es una película de Jean Renoir, el autor de Boudou salvado de las aguas (1932), Una partida en el campo (1936), Los bajos fondos (1936), La gran ilusión (1937), La regla del juego(1939) y El río (1950). Ahí es nada. Pero la hizo en Hollywood y eso siempre tiene detractores. Además, la segunda película norteamericana de Renoir se planteó como una más de propaganda entre las muchas en las que se ocupaban los estudios a mediados de los años cuarenta. En realidad, esas cosas no importan lo más mínimo cuando el trabajo está en manos de personas con semejante talento: el director Jean Renoir, el guionista Dudley Nichols, el actor Charles Laughton.

Si alguien quiere enfrentarse a un cine comprometido de verdad no le remitiré esta vez a Manderley, sino a una humilde aula de escuela provinciana, a unos niños que ya saben lo que merece más respeto, a un libro del ejecutado profesor Sorel que su temeroso discípulo salva de las llamas, a la lectura de la Declaración de los Derechos del Hombre por Charles Laughton ante sus alumnos en los 5 minutos finales de esta película.

No conozco un modo mejor de recordar lo que a veces significa el cine y lo que debería significar siempre la palabra “ciudadano”.

(Publicado en la revista Culturamas, diciembre 2011)

viernes, 16 de diciembre de 2011

El topo



En Inglaterra hace un tiempo perro. Por eso sus espías bienhumorados trabajan fuera de la isla. Los que se quedan en Londres respirando grisura y humedad, del despacho al archivo, del piso vacío al piso franco, van estropeándose el carácter y la fe en la causa. Los tiempos heroicos de la Guerra Mundial quedaron muy atrás, sustituidos por la Guerra Fría. Y con tanta frialdad, frialdad hasta en los huesos, la traición puede ser meramente estética, una forma de sacudirse el aburrimiento mortal que produce ir a la oficina con maletín de funcionario, comentar las posibilidades con la última rubia de la plantilla y discutir de presupuestos.

Es el universo del mejor Le Carré, donde el espionaje se convierte en un estado del alma, filmado con precisión y la carga justa de sadismo latente. Desesperanzada, axfisiante y magnética, la película retrata toda una galería de culpables, donde el que no traiciona a la patria traiciona a sus amigos, a sus amores, a sí mismo. Donde el enemigo prende sus trampas con tu misma llama y la victoria carece de sabor.

Una gran película que se estrena, quién sabe porqué, con el inicio de las Navidades. Pausada, densa y peligrosa como una ciénaga.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Las nieves del Kilimanjaro

Finalmente, esta excelente película ganó el premio del público del Festival de Cine Inédito de Mérida. Os copio mi crítica para Culturamas, que publiqué cuando tuve oportunidad de ver la película el primer fin de semana del Festival:

"Robert Guédiguian es un autor muy querido por los cinéfilos. Hace películas sencillas en la forma pero con mucho poso. El mensaje de Guédiguian, solidaridad y humanismo como refugio ante la impersonal maquinaria de un sistema globalizado basado en las cifras, atraviesa su cine y su ciudad –Marsella- desde aquellas lejanas y bonitas Marius y Janette (1997) y De todo corazón (1998), pasando por la divertida Al ataque(2000) o las dramáticas La ciudad está tranquila(2000) y Marie-Jo y sus dos amores (2001), hasta llegar a esta nueva película, quizá la más emocionante entre las suyas: Las nieves del Kilimanjaro (2011).

Guédiguian y su equipo de siempre hacen cine social, sin complejos ni subrayados, matizando mucho más que Ken Loach o Fernando León. Y en esta película, toda una vida de cine marsellés ha madurado para ofrecernos la más luminosa y sorprendente propuesta del director, una vez más apuntalada sobre personajes vinculados a la izquierda realmente obrera y unos actores que los interpretan como si la cámara no estuviera allí.

Desde el contundente comienzo, donde un representante sindical -exento de ERES por su posición en el comité- extrae una papeleta con su nombre de la caja de la que saldrán al azar los despedidos del astillero, ante el asombro de un amigo que le recrimina su sacrificio (ya podían aprender algunos por aquí), hasta el momento final entre esos dos mismos amigos delante de unas salchichas en parrilla, la película recorre un espacio vital habitado de personas y conflictos a los que es imposible no entregarse como espectador.

Guédiguian, como nos dijo David Garrido en una breve presentación previa al pase, le da razones a cada personaje y ahí radica su grandeza. Todos se comportan de acuerdo con su personalidad y circunstancias de un modo encomiable o abyecto, pero siempre coherente.

Y desde una naturalidad romheriana, se compone una historia que hubiese encantado a Capra, llena de momentos extremadamente bellos, entre los que destaca una lección de alcoholes para los problemas de la vida, una conversación de playa, una cena con película infantil y, sobre todo, aquel donde los amigos, los hijos y los nietos del matrimonio protagonista les cantan a capela la famosa canción de Pascal Danel, titulada como la película Las nieves del Kilimanjaro".


jueves, 1 de diciembre de 2011

Recientes y buenos libros de cine


El amor y la furia. Historia de la pasión amorosa e interpretativa de Elizabeth Taylor y Richard Burton donde ambos demuestran su genio, en todos los sentidos.


Para matar el recuerdo. Memorias españolas, de Jean-Claude Carrierè. El guionista francés de Buñuel complementa las memorias del aragonés (Mi último suspiro) con las suyas y resulta interesantísimo descubrir el punto de vista de un extranjero sobre España, sus virtudes y sus vicios. Aparte de las reflexiones sobre el cine, sin desperdicio.


Bogart, de Stefan Kafner. Apenas cuenta nada que los bogarts-adictos no sepamos ya, pero lo cuenta muy bien. Y resulta un excelente libro de consulta para evitar wiki-errores.



Paul Newman - la biografía, de Shawn Levy. De las mejores biografías que he leído últimamente. Los norteamericanos se han hecho, gracias entre otras cosas a sus astros de la pantalla, maestros en este género. Gran parte del libro se lee como una excelente novela. Aunque, como le pasa a casi todas las biografías (y a las autobiografías no digamos), a medida que la narración se aproxima al presente, la narrativa se va sustituyendo por la justificación. Buenísimo en cualquier caso.


Sospechosos, de David Thomson. Cualquier cinéfilo de biblioteca que se precie tiene que leer a Thomson. Este libro inclasificable, novela, relatos interrelacionados y/o guía del cine negro, es una auténtica y rara joya. No se puede explicar, hay que leerlo, con el reproductor de dvd y las pelis que emplea el autor bien a mano. Y un whisky, of course.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Paisà


Anoche soñé que volvía a Manderley…

Anoche vi la cara esculpida en pasmo de Berlusconi, el último politicastro salvaje para esa imprevisible Italia liberada al fin de Silvio por el capital que él mismo adora, y decidí sacudirme la imagen de su mutis con una película sobre la anterior liberación del país que inventó el neorrealismo y que en él sigue, a pesar del diseño.

Paisà, la película intermedia y menos mitificada de su trilogía de la guerra, reúne para el cine los cuentos de soldados y civiles de Roberto Rossellini, el autor de Roma, ciudad abierta y Alemania, año cero, de Stromboli y de Te querré siempre.

La primera película que recuerda haber visto Scorsese, el neoyorkino de Sicilia, retrata el avance de las tropas norteamericanas por Italia durante la Segunda Guerra Mundial pero, sobre todo, a un país devastado y a un pueblo desasistido y resistente. Paisà es la historia de cómo se reinventan los italianos ante un tiempo nuevo y nuevos aliados, sacudiéndose el borrón totalitario a tiros y dejando la fe para los conventos inexpugnables. Paisà está rodada como dispara un partisano, sin uniforme, sin piedad, para sobrevivir a toda costa.

En esta película de episodios (uno en Sicilia, otro en Nápoles, un tercero en Roma, el siguiente en Florencia, otro al norte de los Apeninos…) todos los norteamericanos se llaman Joe. Cuando se despliegan sobre el terreno, parecen tan perdidos como en Oriente Medio 60 años después. Cuando caminan solos entre los cascotes de Nápoles o Roma no tiene mejor ambición que emborracharse e ir de putas. Porque las guerras, cuando se filman con el blanco y negro de la miseria, siempre pintan igual.

En Paisà, los negros siguen siendo los últimos del escalafón, también en Europa y aunque pertenezcan a la policía militar. Por eso son los únicos capaces de entender la penuria sin varones de la cueva de Mergellina, mientras los soldados descendientes de italianos apelan al pueblo familiar que nunca han pisado para seguir avanzando a ciegas por un territorio de sospechas, emboscadas y sacrificio. En Paisà, las mujeres jóvenes esconden su candor bajo maquillajes que las publicitan sin belleza, los edificios renacentistas que aún siguen en pie parecen meros decorados para ocultar escombros, las galerías de arte se han convertido en atajos desoladores y solitarios, el río lleva muertos firmados por el enemigo.

Aquel año de 1946, mientras Hollywood se estilizaba en los laberintos del policíaco y miraba con edulcorado realismo hacia sus combatientes recién licenciados en Los mejores años de nuestra vida, Italia iniciaba entre las ruinas de Nápoles, Florencia y Roma una cinematografía deslumbrante que aún permanece en los altares de la cinefilia mundial. 20 años largos de cine acumulando obras maestras de la mano de Rossellini, Fellini, Visconti, De Sica, Pasolini o Antonioni, pero también gracias a Monicelli, Comencini o Risi.

Ya apenas queda nada de aquel talento, se fue espaciando y disolviendo a medida que nos acercábamos a los años ochenta yBerlusconi fundaba canales de televisión como quien quema mansiones suntuosas para guerras más privadas. Y a noviembre de 2011, descubierta la verdadera debilidad de Silvio como se descubría aquella enfermedad terminal de Rebeca, toda Italia es un Manderley llameante. Esta vez sin aliados y, lo que es peor, sin Rossellini.

(Artículo publicado en la revista Culturamas, noviembre 2011)

martes, 29 de noviembre de 2011

Hace 45 años

Hace 45 años, murió uno de los mejores actores de la historia del cine mundial. Hay muchos discursos célebres llevados a la pantalla donde los grandes intérpretes se lucen y nos ganan para siempre, pero hay que ser muy grande para hacer un discurso en un programa de variedades disfrazado de esquimal y congelarle la risa al auditorio y al espectador. Al fondo de la escena, otro actor maravilloso llamado Paco Rabal contempla muerto de asombro la exhibición del homenajeado de hoy. Pepe Isbert, para todos vosotros.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Y fuimos a Mérida


Empieza a fascinarme esta ciudad a la que hacía 20 años que no venía y en la que voy y vengo desde hace poco con cinéfila frecuencia.

Este fin de semana he vuelvo a Mérida, a tiempo de ver las primeras películas de la sección oficial del Festival de Cine Inédito, la estupenda Milagro, del director japonés Kore-eda y la deslumbrante Las nieves del Kilimanjaro de Robert Guedigian. También tuvimos la oportunidad de conocer a la actriz María Adánez -qué mona va siempre esta chica, como suele decirse- y enseñar la exposición David y Goliat a mi amigo Dené, que ha colaborado un poco en ella.
Pero sobre todo, compartir esta pequeña aventura con mis amigos Benja y Rubén Lois, con Sheila y Raúl, con Lola y David, con Ana y Rubén y, por supuesto, pasear las calles y las imponentes ruinas romanas con Elena, la chica de mi película personal.

De las que se proyectan en pantalla y de sus cosas os contaré mañana.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Buñuel y Hitchcock

Otra pareja de la exposición que se celebra hasta el 2 de diciembre en el Festival de Cine Inédito de Mérida www.festivalcinemerida.com Con texto cortesía de Oti Rodriguez Marchante, Crítico de cine de ABC:





Buñuel y Hitchcock, cruce de venenos

Aunque lo tuvieran perfectamente planeado, iba a resultar imposible conseguir el crimen perfecto: Hitchcock nunca convencería a Buñuel para que se bebiera el vaso de leche envenenada y Buñuel sería incapaz de mancillar un dry martini con unas gotas de cianuro para acabar definitivamente con la sorna incorrecta de Hitchcock... Pero el plan estaba en marcha. ¿Cuándo?... Pues en la única ocasión en que se tuvieron realmente a tiro, durante aquella tranquila velada en Los Angeles en 1972, de la que queda el testimonio de una fotografía en la que aparecen, además de Hitchcock y Buñuel, otros gigantes como William Wyler, Robert Mulligan, Georges Cukor, Robert Wise, Billy Wilder, George Steven y Robert Mamoulian... Fue una tarde tranquila, en la que ambos se confesaron su admiración y su indefensión ante las rubias frías y las pasiones calientes, su obsesión por el vértigo de los campanarios, por una pierna cortada, por la crueldad y los sueños. Y con el sosiego de las confesiones, llegó la armonía de dos frases de diálogo:

-Bébete el vaso de leche, Luis, antes de que se enfríe.

-Sí, pero déjame que te prepare antes mi mejor dry martini

...............................................

Los dos principales sospechosos, Fernando Rey y Vincent Price, tenían una coartada perfecta: no estuvieron en el lugar de los hechos. Pero llegaron a tiempo para destruir las pruebas. Vincent Price vació el azucarero y Fernando Rey lavó la copa de cóctel.

Oti Rodríguez Marchante.

martes, 22 de noviembre de 2011

Thelma y Chus

La foto de calidad tendrá que esperar, pero aquí están, Raimunda, tus chicas favoritas, para que puedas echarles un primer vistazo:



Thelma y Chus

Una se las imagina quedando en alguna cafetería del centro, de las de toda la vida. Chus pediría un café con leche y un bollo suizo o una magdalena para mojar (le encantan, las guarda bajo llave). Y Thelma un cortadito, largo de café (al que le añadirá, sólo para alegrarlo un poco, un chorrito del bourbon que lleva en una petaca en el bolso).
A falta de nietos, hablan de directores. “Pedro me ha dado recuerdos para ti” “¿Qué tal está?” “Anda un poco mustio, como vaca sin cencerro” “Ya se le pasará, mujer””Ya le digo yo que ha perdido el lustre, que no me come””Bien hermoso que estaba, la última vez que lo vi, como Hitch””Chica, ese sí que era de buen comer””Y un poquito especial, Chus… no veas la mala uva que gastaba”.
Va pasando la tarde y de repente se ponen melancólicas. Y hablan de hombres. Chus tuvo una vez un marido que era el doble de Franco, fíjate tú qué plan. Y Thelma, otro marido que la dejó por su mejor amiga y que un día fue con la otra al desierto de Nevada, donde vivía ella. De visita, el tiparraco. Y Thelma detrás, porque, a pesar de todo, lo echaba de menos. Estaba allí Marilyn, pobre chica. ¿Son las películas o es la vida? ¿Es que no son lo mismo?
Mujeres que tienen tanto que contar, que han vivido tanto en el cine. Han sido graciosas y trágicas. Porteras y criadas. Secundarias, pero nunca segundonas. Tan auténticas que nunca pasarán de moda.
Nunca se conocieron. No hablaban el mismo idioma. Una de ellas ya murió. Pero a mí me gusta imaginarlas así: quedando un día para merendar en una cafetería de las de toda la vida. Quejándose de este dolor de piernas. Criticando con cariño a los directores (Almodóvar, Hitchcock, Berlanga, Mankiewicz, Trueba, Fuller…nada menos). Thelma preguntando por el pueblo de Chus. Chus preguntando por el barrio de Thelma. “No queda un viejo… lo que es menester es que pare ahí, en los viejos”. Despidiéndose con sonoros besos. Alejándose con pasos decididos. Eternamente divinas.

Raimunda. Cinéfila.

Ayer empezó el Festival


La VI edición del Festival de Cine Inédito de Mérida ha empezado. Toda la información en www.festivalcinemerida.com

Benjamín Lois y yo hemos puesto nuestro granito de arena en ella:

jueves, 10 de noviembre de 2011

5 metros cuadrados


Mañana se estrena una película terrible. Habla de dos personas corrientes en un mundo implacable que nos hemos inventado entre todos (algunos más que otros), en el que los bancos te lo dan y los bancos te lo quitan. En el que las ilusiones sencillas, como la de tener una vivienda agradable cerca del parque y del colegio de los hijos, se enfrentan a la realidad despiadada de los números. Los números de tu menú de boda, los de tu cuenta corriente, los números de la burbuja (la penúltima), los números de tus suegros, los números del banco.

Malena Alteiro, una empleada de sección cosmética, y Fernando Tejero, un gestor telefónico para reposición de máquinas de vending, se meten en un piso que terminará devorándoles.

La primera parte de la película, desde su espectacular arranque en el cielo de Benidorm, ese infierno en la tierra que parece Manhattan pero sin glamour, es modélica. Planes de boda, planes de la inmobiliaria, planes de los novios, planes del magnate de la construcción y del político… No hace falta aclarar qué planes prevalecen.

Después, el viacrucis: juzgados, reivindicación, apreturas, desespero… Fernando Tejero, premiado en Málaga por este papel, despliega un fascinante abanico de registros, desde la ingenuidad a la ira, mientras Malena aguanta como cualquier mujer, con una actuación igualmente precisa, hasta que la necesidad de pasar página se impone y la batalla de la dignidad se queda para un solo combatiente empecinado y peligroso.

Puede que esta película hubiera tenido que conceder en su desarrollo alguna esperanza colectiva, es demasiado real el “sálvese quien pueda” al que todos los personajes periféricos se acogen, y más cuando el desenlace sí se permite licencias de ficción para redimir al estafado ciudadano. En cualquier caso, es una película que habla de nosotros, los españoles que nos creímos instalados definitivamente en algunas seguridades.

Pero lo único seguro es que las burbujas nos estallan en la cara siempre a los mismos. Y que el número de metros cuadrados de cada uno seguirá reduciéndose. Llenad esos metros de seres queridos y leales. Toca resistir.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Maldita nostalgia


En la década de los ochenta, esa que fue cojonuda para Randy "the Ram" y para mí también, programas nocturnos como Cineclub y Sesión de noche dedicaron ciclos a muchos intérpretes y directores que son auténticos iconos del cine de todos los tiempos. Por ejemplo:

Marilyn Monroe: "Los caballeros las prefieren rubias" (1953) de Howard Hawks, "Niágara" (1953) de Henry Hathaway, "Como casarse con un millonario" (1953) de Jean Negulesco, "Me siento rejuvenecer" (1952) de Howard Hawks, "Río sin retorno" (1954) de Otto Preminger, "La tentación vive arriba" (1957) de Billy Wilder, "Bus Stop" (1956) de Joshua Logan, "El príncipe y la corista" (1957) de Laurence Olivier y "El multimillonario" (1960) de George Cukor.

Luis Buñuel en México: "El bruto" (1953), "Él" (1952), "Abismos de pasión" (1953), "Nazarín" (1958) o "El ángel exterminador" (1962).

Marlon Brando: "Hombres" (1950) de Fred Zinnemann, "Un tranvía llamado deseo" (1951) de Elia Kazan, "¡Viva Zapata!" (1952) de Elia Kazan, "Julio César" (1953) de Joseph L. Mankiewicz, "La ley del silencio (1954) de Elia Kazan", "Sayonara" (1957) de Joshua Logan, “El baile de los malditos” (1958) de Edward Dmytryk, "Rebelión a bordo" (1962) de Lewis Milestone, "La jauría humana" (1966) de Arthur Penn, "Queimada" (1969) de Gillo Pontecorvo o "El último tango en París" (1972) de Bernardo Bertolucci (5 de abril de 1988).

Sesión de tarde también programó ciclos en las tardes de los domingos, como el de Charles Chaplin, emitiendo todas sus películas como director, actor y guionista: "La cabalgata de Chaplin" (1916), "El carnaval de Chaplin" (1917), "El festival de Chaplin (1917), "Armas al hombro" (1918) y otros cortos. Y después "El chico" (1921), "Una mujer de París" (1923), "La quimera del oro" (1925), "El circo" (1927), "Luces de la ciudad" (1931), "Tiempos modernos" (1936), "El gran dictador" (1940), "Monsieur Verdoux" (1947), "Candilejas" (1952), "La condesa de Hong Kong" (1966) y "Un rey en Nueva York" (1957).

También compareció Buster Keaton, con títulos como "El moderno Sherlock Holmes" (1924) o "Siete ocasiones" (1925) y Rita Hayworth, con "Gilda" (1946) de Charles Vidor, "La dama de Shangai" (1948) de Orson Welles (26 de abril de 1984), "Salomé" (1953) de William Dieterle o "Pal Joey" (1957) de George Sidney.

En el programa Mis terrores favoritos, Ibañez Serrador se ocupó de programar, entre otras muchas, "La semilla del diablo" (1968) de Roman Polanski (12 de octubre de 1981), "Drácula" (1958) de Terence Fisher, "El fotógrafo del pánico" (1960) de Michael Powell , "Psicosis" (1960) de Alfred Hitchcock, "No profanar el sueño de los muertos" (1974) de Jordi Grau, "Los crímenes del museo de cera" (1953) de André De Toth, ¿Qué fue de Baby Jane?" (1962) de Robert Aldrich, "La invasión de los ladrones de cuerpos" (1956) de Don Siegel, "La noche de Walpurgis" (1971) de León Klimovsky, la parodia del género "Abott y Costello contra los fantasmas" (1945), "La residencia" (1969) de Narciso Ibáñez Serrador, "La escalera de caracol" (1946) de Robert Siodmak, "Suspense" (1961) de Jack Clayton, "La mosca" (1958), ", "El héroe anda suelto" (1970) de Peter Bogdanovich, "39 escalones" (1935) de Alfred Hitchcock, "La momia" (1932) de Karl Freund, "El increíble hombre menguante" (1957) de Jack Arnold, "El fantasma de la ópera" (1943) de Arthur Lubin, "El estrangulador de Rillington Place" (1970) de Richard Fleischer, "La mujer y el monstruo" (1954) de Jack Arnold y "Los pájaros (1963) de Alfred Hitchcock.

Y en "Cine de medianoche", con la hilarante excusa de ponernos cachondos, TVE emitió en las madrugadas de los viernes de 1985 y 1986, "Deliverance" (1972) de John Boorman, "Cuentos inmorales" (1974) de Valerian Borowicz, "Portero de noche" (1974) de Liliana Cavani, "El diputado" (1978) de Eloy de la Iglesia, "Y Dios creó a la mujer" (1956) de Roger Vadim, "El imperio de los sentidos" (1976) de Nagisa Oshima, "Buscando al Sr. Goodbar" (1977) de Richard Brooks, "La gran comilona" (1973) de Marco Ferreri, "Pepi, Luci y Bom... y otras chicas del montón" (1980) de Pedro Almodóvar, "Performance" (1969) de Nicholas Roeg, "El muro" (1983) de Alan Parker, "La vía Láctea" (1968) de Luis Buñuel o "Las mil y una noches" (1974) de Pier Paolo Passollini .

Recuerdo también ciclos dedicados al musical, al cine italiano o al cine de Roger Corman, pero no os quiero aburrir. Es sólo una pequeña muestra de la forma de programar de un tiempo mítico para el cinéfilo avezado (y un poquito mayor).

No me importaría que ese tipo de cine desapareciera de la televisión (entonces no existía el dvd), si con criterio de calidad similar, la televisión programase el mejor cine reciente de los maestros hollywoodienses, europeos, asiáticos o africanos. Pero de eso nada. Sólo la 2, con una dignidad triste, emite una europea de las últimas, una española de interés y un clásico americano por semana. The rest is silence.

martes, 25 de octubre de 2011

Trash entre amigos. Vuelve la sobrina

¿Qué os creíais? ¿Que la crisis había reducido nuestra plantilla a la mitad? ¿Qué ya nadie hace eventos a los que la sobrina pueda acudir para ahorrar en canapés, photocoles, famosetes y alquiler de local? ¿Qué si que los hacen pero habían dejado de invitarnos? Nada de eso. Aquí está la sobrina, aprovechando que el mal tiempo la ha despegado por fin de su tumbona analógica para compensar digitalmente la crítica sesuda, los arrebatos de nostalgia y las video-faenas de aliño de su tío.

En definitiva, que vuelve la sobrina, más sobrina que nunca. Aquí la tenéis:

Imagina:

Una sala. No demasiado grande. Llena de jóvenes. La peor película disponible en el mercado de Canal + (y puede ser la peor película del universo, no lo dudéis por un instante). Cuatro gamberros con micrófono y uno de ellos es director español.

¿Cuál es el fin de la reunión? Poner a caer de un burro a la película y decir todo lo que se te ocurra a cada instante. Gritar, aplaudir, levantarte, reírte a carcajada limpia… Si, todo lo que se prohíbe habitualmente en un cine. Pues el viernes 21 nos saltamos las reglas que dio gusto. ¡Mucho gusto!

Comentarios ingeniosos para escenas repetidas por enésima vez (llegamos a ver la misma escena 5 veces), comentarios aun mejores para el escenario, para la caracterización y sobretodo para los personajes realizados por ordenador. Y no olvidéis que un doblaje estrepitosamente malo, siempre puede ser re-doblado y reirte a carcajada limpia.

Nada mejor que reunir a Nacho Vigalondo, tres cafres más, Steve Urkel, un cocodrilo gigante y un tiburón gigante, para pasar la mejor noche de Cine (y no se si calificarlo de español, ya que el principal autor de aquella disparatada historia era un español) que recuerdo de los últimos años.

¡Dios mío, quiero repetir!

Pero bueno, esto no era un hecho aislado, sino que era una más de las propuestas del festival de Canal + para promocionar sus series ( y más claro: que te abonaras, leñe!). Y no repararon en hacerlo.

Las series salieron a la calle, y la sobrina también. Así que os cuento que vaya la que liaron los de Canal+: Que si estrenos de series, que si actores, que si directores, actividades para enanos… ¡No dejaron un cabo suelto!

Pero a mi lo que me cautivó fue la actividad realizada el viernes por la noche. Y si, digo actividad, porque lo de ir al cine y comer palomitas eso ya no me parece ni actividad ni nada. Que si, que mucho intelecto en algunas y mucho abstraerse en otras, pero no me hacen cómplice de nada. Y creo que es momento de romper y hacer cosas nuevas. Que estamos en la postmodernidad, caballeros (y señoritas…)

¡Innovemos! ¡Los individuos queremos interactuar!

http://minchinela.com/trashentreamigos/

sábado, 22 de octubre de 2011

Charada


Anoche soñé que volvía a Manderley

Ayer se nos hizo de noche viendo Charada (1963), la película en la que mis hijas concluyeron, hace ya algún tiempo, que gran parte del mejor cine trata sobre la simulación y la mentira. Aún no han llegado a plantearse que –como la vida- el cine es precisamente eso mismo, mentira y simulación. Pero resulta difícil dar ese paso cuando ves en los primeros minutos cómo Audrey Hepburn vestida de Givenchy conoce a Cary Grant en una estación de Sky donde acecha un niño con una pistola. Por no hablar del “accidente” ferroviario del señor Lampert, los créditos deMaurice Binder o la música de Henry Mancini, que anteceden al encuentro alpino de estos intérpretes deliciosos e imperecederos.

La última gran película de Cary Grant, ese tipo con la barbilla partida al que también le hubiera gustado ser como Cary Grant, es probablemente el resumen de su impecable talento, de toda esa facilidad para ser elegante y deportivo, simpático e inquietante, liviano y melancólico, sincero y mentiroso. La última mentira viva de un Hollywood a punto de cambiar.

La película centro en la filmografía de Audrey Hepburn, después de protagonizar media docena de obras maestras y antes de hacer lo mismo con otras tantas, es el mejor catálogo de su fragilidad y su belleza, de su capacidad de supervivencia, de su inteligente sonrisa, su mirada irrepetible, su mentirosa pureza.

La única película de Audrey y Cary es la mentira contagiosa de un acertijo cinematográfico, de una perfecta Charada. Una mentira que la joven viuda Regine Lampert dice no soportar, pero que usa cuando su seguridad, su felicidad o su vestuario están en juego. La mentira de un galán oportuno y cambiante que siempre tiene una señora en su currículum, aunque sea otro currículum y aunque estén divorciados. La mentira de un tesoro a la vista de todos pero oculto, como la carta robada de Poe. La mentira de un reguero de muertos en pijama, un policía que se corta las uñas en los funerales y un funcionario americano que invita a almuerzos simulados en despachos ajenos. La mentira del suspense como excusa para la comedia, la comedia como excusa para el amor, el amor como excusa para la moda, en un juego de muñecas rusas, falsas, por supuesto.

Su director Stanley Donen, el hombre que regaló a la Humanidad el más bello y tramposo baile bajo la lluvia que se filmará jamás, sabía bien cómo mentirnos y que no nos importara. Le bastó con reunir a Audrey y a Cary, y hacerlo en la ciudad más mentida del planeta, esa donde a medianoche la mitad de sus habitantes ama a la otra mitad, aunque de vez en cuando aparezca un fiambre enfundado en un pijama: París. París y sus esplendidos apartamentos vacíos, París y sus comisarías de bistró. París y sus coquetos hotelitos balconados, sus barcos por el Sena, sus mercadillos filatélicos, sus divertidos cabarets, sus cabinas de madera, su metro acharolado, su patio de columnas del palacio real. París para mentirse y mentir sin rubor sobre los demás y sobre uno mismo, sobre la edad y el deseo, sobre la vida y la muerte. París como un paréntesis siempre hermoso, como un capricho chic, como una broma de amantes. París como una charada inagotable, donde hasta el crujido de las tablas de un escenario teatral puede ser cierto o no.

Al final, por supuesto, Audrey y Cary se quitarán la última máscara y se prometerán matrimonio y muchos hijos, mientras las mías proponen que el próximo domingo pongamos otro clásico sofisticado. Porque cada vez que volvemos a Manderley las mentiras del cine son más verdad que las otras.

(Publicado en la revista Culturamas, octubre 2011)







jueves, 13 de octubre de 2011

Quedan dos butacas

Cómo dice Garci, cerca de un cine
no puede pasarte nada malo...

lunes, 10 de octubre de 2011

Las razones del corazón


Arturo Ripstein es un director de la vieja escuela que se crió aprendiendo cine en los estudios en los que ejercía de productor su padre y trabajaba Luis Buñuel. El de Calanda fue uno de los cineastas de los que Ripstein aprendió a dirigir y eso deja huella, pero supongo que también afirma el carácter. Ripstein tiene además una guionista de cabecera, Paz Alicia Garciadiego, que le tiene cogido el aire a su descarnado punto de vista. Con esos mimbres, un escenario único, un blanco y negro en digital que parece analógico y media docena de personajes, acaban de estrenar su particular visión de Madame Bovary y les ha salido precisa, tremebunda y mexicana.

Con algunas demoras innecesarias en el arranque, momentos de teatro filmado, humor oportuno y una interesante aunque discutible sucesión de desenlaces, Las razones del corazón es una película que apasionará o aburrirá, según el gusto o indiferencia hacia el melodrama sórdido iberoamericano que se tenga.

Lo que no se puede discutir es la interpretación de su actriz principal, Arcelia Ramírez, apabullante. Y hablando de discutir: ¡Qué bien discuten los mexicanos sus pasiones!

sábado, 8 de octubre de 2011

Adiós a Félix

Ha muerto Félix Romeo, uno de los escritores que retraté en el tríptico Ladrones de Tinta. Dirigió La Mandrágora en la 2 y era un cinéfilo hondo. Yo le llamaba cariñosamente el Enrique VIII de mi cuadro. Buen viaje a las praderas eternas, Félix.


viernes, 7 de octubre de 2011

David y Goliat: Zulueta versus Lynch

Pero Zulueta lo hace en el 79, siete años antes que Lynch.




lunes, 3 de octubre de 2011

No tenemos mitos











Muy buenas fotos que ponen de manifiesto lo de siempre: ni nosotros nos creemos que el cine español haya dado un sólo icono planetario digno de recrearse en suplemento dominical a cuatricomía. Y como muestra este botón: un reportaje fotográfico cuidadoso, amplio y caro con dos conocidos actores españoles que simulan escenas y personajes míticos de la Historia del Cine... de Hollywood, claro, only Hollywood, más dos guiños al cine europeo que por lo visto es casi lo mismo que decir italiano. Se les ha olvidado rendir honores a una película francesa, coño.
Tenemos a Coronado promocionando todavía No habrá paz para los malvados, buen cine negro español, y El país Semanal le saca de Clyde, de Bond, de Gable, de Curtis/Josephine, de Burton/Marco Antonio, de Jocker...
En fin, disfrutemos de las fotos y a ver si en el próximo homenaje incluyen al menos a Buñuel, digamos que Coronado con la navaja sobre el ojo de la Verdú.

jueves, 29 de septiembre de 2011

No habrá paz para los malvados


Enrique Urbizu es un tipo empecinado e inquietante: Le gusta hacer películas de género negro en España.

Tiene, para hacerlas bien, un pulso firme, una mirada especial, mucha paciencia y un actor fetiche: José Coronado. Cada película que ruedan juntos es mejor que la anterior. Ésta es la tercera del tándem y ya estoy esperando la próxima. Seca, sinuosa y nihilista, la historia de Santos Trinidad rastreando a su presa y la de la juez Chacón rastreando a la suya, componen una película contundente que arranca con furia, reposa después su ritmo, se despliega sobre las localizaciones y personajes, apunta a la fragilidad de los países acoge-cumbres y desemboca en un final sin palabras de los que erizan el cabello.

Y cargándoselo todo a la espalda, Coronado en el mejor papel de su muy desigual pero ya larga carrera, como suele decirse, en estado de gracia, o de desgracia. A destacar la escena, la única que comparten, de Santos Trinidad, el policía desahuciado y resabiado frente a la juez Chacón, implacable pero impotente.

Cine bueno y duro. Pero ojo, no os fieís del trailer. La película tiene otro ritmo.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Del amor y otros demonios



¿Qué tendrá la literatura de García Márquez que no ha conseguido aún una adaptación cinematográfica a la altura del material que ofrece? Lo más próximo al acierto que recuerdo es la versión de Arturo Ripstein de El coronel no tiene quien le escriba, pero incluso ésta tenía un punto de distancia con el espectador, algo no terminaba de establecer esa mágica corriente que alienta en las palabras del Nobel colombiano, capaz de atrapar a cualquier lector con el relato periodístico, la novela río, el cuento corto o sus propias memorias.

La costarricense Hilda Hidalgo presentó este miércoles en la Casa de América de Madrid su adaptación cinematográfica del sensual relato Del amor y otros demonios y la situación volvió a repetirse. La coproducción entre Colombia y Costa Rica, el carácter de ópera prima o la maldición que parece asaltar a todos los guionistas que se atreven con García Márquez, no sé, un conjunto de circunstancias fatales muy del autor han dado como resultado otra película fallida.

La joven protagonista es hermosa y la luz de Cartagena impregna los fotogramas, pero las posibilidades narrativas de la cultura negra en la que, a través de sus sirvientes, se criaba la niña, se despacha aquí en un minuto de velatorio. Por el contrario, el oscurantismo religioso (resuelto con trazo bastante grueso), absorbe la mayoría del metraje, reiterando una sola idea que malgasta un tiempo precioso para la sensualidad novelesca del romance, que finalmente no se manifiesta sensual sino de un ascetismo que raya en lo absurdo.

Algo difícil de entender cuando la puesta en escena se inclina por los primerísimos planos y el sonido crudo, sin apenas música, que funciona muy bien en el cine carnal. Pero, sin equilibrio entre la historia de los amantes, la del marqués y su extraña esposa (de la que nos quedamos sin saber qué le sucede) y la incómoda intriga del obispado, más allá de las dificultades presupuestarias para ambientar escenarios amplios o imprimirle a la película otro ritmo de montaje, lo que queda es una película lenta, con unos pocos destellos de guión y algunas estampas de gran plasticidad.

Y a título personal, un deseo de volver a abrir los libros de García Márquez, dónde -paradójicamente- uno imagina sin esfuerzo su propia película.






viernes, 9 de septiembre de 2011

La piel que habito o la naturaleza del escorpión



La primera vez que escuché esta fábula de Esopo fue en una película de Neil Jordan titulada Juego de lágrimas. Lo que la fábula cuenta es cómo un escorpión le pidió a una rana que le llevara en su espalda para cruzar el río. “¡Ni pensarlo!”, dijo la rana “Si te llevo, me picarás”. “No seas tonta" —le respondió entonces el escorpión—. "¿No ves que si te clavo el aguijón, te hundirás en el agua y, como no sé nadar, yo también me ahogaré?" Ante este argumento lógico, la rana accedió. Pero cuando habían llegado a la mitad del trayecto, el escorpión picó con su aguijón a la rana. Y, mientras ambos se ahogaban, la rana preguntó al escorpión: ¿Por qué lo has hecho? Tú también vas a morir". Éste le respondió: —No he podido evitarlo. Es mi naturaleza.

Algo similar le ha sucedido a Almodóvar cuando decidió subirse a una película que no se parecería al “cine de Almodóvar”. Pensó que podría ser fiel a esta premisa (establecida por él mismo como una suerte de reto) pues, en caso contrario, se ahogaría. Así, cuando La piel que habito empieza a cruzar el río, funciona como un deslumbrante enigma, cuidadoso en el encuadre, intrigante en la rutina de los carceleros y su víctima. Sólo la imposible cabellera asignada a la Paredes alerta sobre el riesgo de picotazo almodovariano, pero Anaya está bella en su doble piel y Banderas luce inquietante… aún. Entonces entra en juego el “tigre brasileño”, un personaje como escapado de otra película, y el primer y prometedor tramo del film se hace añicos.

A partir de ese momento, la película intenta mantenerse a flote, volviendo a la intriga una y otra vez, para tratar de llegar viva hasta la otra orilla. Pero Almodóvar –es su naturaleza- necesita incluir el número musical de Concha Buika, una vocalista fantástica cuyas canciones, aparte de la potencia estética, no aportan nada al guión. Tiene que empastillar al protagonista la noche crucial. Y regalarle a Agustín Almodóvar su tradicional aparición, para conseguir el único instante de comicidad pura en una película que debería huir del humor almodovariano como de la peste. Recomponer un thriller lindante con el terror después de cada picotazo acaba pasando factura: el desenlace llega tarde y –lo que es peor- ni sorprende ni conmueve.

En fin, a Pedro Almodóvar le gusta apostar fuerte. Pero no ha contado con que es como es hasta cuando se resiste a serlo. En esa piel habita su cine y por eso con esta historia que, por una cruel paradoja, es tan similar al proceso de hacerla, fracasa cinematográficamente como nunca antes le había sucedido al manchego.

Mejor que vuelva el escorpión. Con su aguijón genial, sin complejos, de secano.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El mes que habito

Leo que el nuevo filme de Pedro Almodóvar, 'La piel que habito', ha sido la segunda película más vista durante el pasado fin de semana (su primero), y se sitúa solo por detrás de 'Cowboys contra Aliens' y por delante de otros títulos como 'Super 8', de J.J. Abrams y Spielberg, 'Phineas y Ferb' o 'Destino final 5'.

A ver, que sabemos que Almodóvar y su equipo son auténticos magos de la promoción. Y que esa promoción es cada vez más sencilla pues, publicidad aparte, todos los medios de comunicación se hacen eco de sus estrenos y quieren entrevistar al director o al reparto cuando llega la semana clave, la de su llegada a las salas (*Antes tenía más mérito aparecer en los papeles, pero ahora se trata de la figura internacional española más conocida del planeta que no se dedica al deporte. Lo que, dicho sea de paso, también es mérito suyo).

De lo que yo quería hablar aquí y ahora no es de su éxito, ni de la película en concreto (la dejaremos para un post aparte), sino de cómo se encarama a los puestos de cabeza en taquilla y frente a qué títulos. En definitiva, sobre la habilidad –que no sé en quién recae exactamente- de estrenar a primeros de septiembre, cuando la mayor parte de los blockbusters de verano llevan semanas en cartel y hace tiempo que han decaído en interés, y los que se estrenan para los últimos días sin cole tienen un público preferente de menores de 16 años. Cuando fuera del circuito de versión original no hay más que secuelas, precuelas y adaptaciones de cómic. Y para personas con alguna otra inquietud apenas sobrevive la de Woody Allen, una de bodas y amigas, una de cazanazis y la de los bomberos ligones.

En esa tesitura, Almodóvar propone otra cosa y tiene todo el espacio libre para hacerlo con éxito. El “nicho de mercado” que él ocupa está completamente vacío en este mes de reentré donde los cines parecen obstinarse en poner las últimas sombrillas playeras mientras cambia el tiempo y la gente deja de bañarse.

¿No hay ninguna película española lista para estrenar, que no sea la comedia romántica o burra (o ambas cosas) de turno, en la primera quincena de septiembre? ¿A qué esperan sus distribuidoras? Cuando las dos o tres que compiten en San Sebastián salgan a la palestra, el cine norteamericano las enterrará con una nueva oleada.

Para entonces, Almodóvar llevará medio millón largo de espectadores con La piel que habito. El Deseo debería dar cursos de marketing cinematográfico. Tendría –también- un éxito atroz.

lunes, 22 de agosto de 2011

Ser o no ser


Anoche soñé que volvía a Manderley…

…Y sus muros tiznados parecían Varsovia cuando Hitler decidió saltarse la dieta vegetariana para tragarse Polonia entera, incluyendo sus teatros. Afortunadamente, el Polski había quedado en pie y en la compañía de los Tura no tenían ninguna Eva Harrington con aspiraciones. Bastante rivalidad gastaban por sí solos María Tura, la más bella actriz polaca, tan famosa que hasta le habían puesto su nombre a una sopa, y ese gran, grandísimo actorque es su marido Joseph. Un hombre vanidoso e inseguro que adora interpretar a Hamlet, hasta que una noche alguien del público se marcha de la platea cuando él comienza el monólogo más famoso de la historia del teatro: Ser o no ser…

El motivo por el que aquel joven abandonaba la sala no es otro que María Tura, a la que le gusta coquetear con sus admiradores pues, como suele decir su asistenta: lo que un marido no sabe no le hace daño a su esposa.

Desbaratando esta armoniosa vida de artistas irrumpió el nazismo. Y el actor que interpretaría a Hitler en la comediaGestapo no pudo defender su parecido físico con el Führer ante el patio de butacas. Para mí no es más que un hombre con un bigotito, dirá el director de la compañía, pero lo cierto es que al poco tiempo se han suspendido los ensayos porque hay un jefe de la auténtica Gestapo en Varsovia, apodadocampo de concentración Ehrhardt, y traidores a la nación como el profesor Siletzky, dispuestos a delatar a los familiares de toda la escuadrilla polaca.


Con ese barro dramático, Lubitsch compuso un tratado alternativo (y anterior) al de Mankiewicz sobre el arte de fingir, donde tampoco las cosas son lo que parecen, pero por diferentes motivos: Aquí la infidelidad se transforma en suerte, la farsa se convierte en valentía y lo trágico se reafirma en la comedia.


Lubitsch sabía que por mucho nazismo que azotase a Europa no hay por qué menospreciar una carcajada. Por eso hay que reír y emocionarse con estos personajes, en su mayoría mezquinos y entrañables, que pueden al mismo tiempo quererse y hacerse burla, pero también salvarse los unos a los otros, dar implacable caza a su enemigo o escupirle las palabras de Shylock a la plana mayor de Hitler en su misma cara.


Una vez le oí explicar a Garci un viejo ejercicio de cinematografía comparada para distinguir los niveles posibles de genio, que tiene como protagonistas a Wilder y a Lubitsch. En la secuencia de Wilder, un camión de riego enfilaría una calle de París donde una pareja se besa apasionadamente. El camión los mojará al pasar, pero los amantes seguirán besándose, abstraídos completamente en su pasión. Es un recurso ingenioso y contundente que Wilder puso en práctica en Ariane (1957) para describir el plus de romanticismo que se le atribuye a esta ciudad. Con esa misma secuencia, Lubitsch habría tomado el punto de vista del conductor del camión que se dirige hacia la pareja; antes de alcanzarla, el conductor detendría el riego y, una vez rebasados, volvería a accionarlo para continuar su trabajo sin que los amantes advirtiesen nada, abstraídos como están en su pasión. El genio en grado sumo. Ser o no ser Lubitsch.


Si esa capacidad para “el toque” se aliña con Shakespeare y Ana Karenina, con la infidelidad y la duda, con los celos profesionales y amateurs, con la suplantación al mismo tiempo cómica y heroica, con la escalofriante estupidez del nazismo y con un chiste de quesos, se obtiene una comedia a la que sólo Wilder sería capaz de acercarse cambiando a Schultz!!! por Vinstoc!!! y a la sofisticada rubia Lombard por la exuberante rubia Monroe.


Siempre que voy al teatro a ver Hamlet, trato de averiguar si sus protagonistas son marido y mujer en la vida real, para levantarme al comienzo del monólogo. Por ver qué pasa. Por volver a Manderley.


(Publicado en la revista Culturamas, agosto 2011)



lunes, 25 de julio de 2011

Hollywood en Colombia, o el realismo mágico de un trancón interminable


Hace un par de días bajé desde Bogotá a Villavicencio en “flota”. Cualquiera que conozca la carretera sabe de la inaudita belleza del paisaje, pero también de lo que pueden durar esos 90 kilómetros entre obras de ampliación, retire de derrumbes, filas sin fin de tractomulas y los accidentes en el túnel de siempre que interrumpen el tráfico y forman el mítico trancón colombiano.

Ante los imprevistos más que previstos, ahí estaban los vendedores ambulantes de gaseosa, arepa, chorizo y roscas para resolver el hambre y la videoteca del conductor para dar entretenimiento al pasaje. Menú cinematográfico 100x100 gringo que me hizo pensar una vez más sobre el absurdo milagro de su supremacía en cartelera.

De primer plato tuvimos que ver Imparable, la última de las películas que últimamente perpetra Denzel Washington con la dirección entusiasta y desmelenada de Tony Scott, aquel tipo que durante un tiempo fue llamado el hermano listo de Ridley. La cosa va de un tren sin maquinista y sin control que avanza con unos vagones llenos de material tóxico e inflamable camino de grandes poblaciones norteamericanas. Y de un par de obreros del ferrocarril, el veterano y el recién llegado, que van a demostrar cómo las políticas laborales estilo Reagan no funcionan en los estados de emergencia. El guión, más rutinario que un viaje en tren de cercanías, alcanza su cénit en las confesiones personales de uno a otro cuando se acerca el momento de enfrentarse a la prueba definitiva. Ya os podéis suponer que la esposa enfadada verá a su marido heroico por televisión y lo hará con su hijito, no faltaba más, para reunirse los tres en perfecto abrazo al final de la aventura. Y también que Denzel encontrará en la voz al otro lado de la radio a una guapa mujer negra dispuesta a rescatarle de su varonil soledad.

Y todo esto, mientras seguíamos parados en mitad de la montaña, imparables.

Como la cosa había estado dramática, la siguiente fue dramáticamente cómica. Dos canguros muy maduros es un título que lo dice todo, aunque el original en inglés fuese Old dogs, que en este caso debiera traducirse por viejos gilipollas. Lo podemos resumir en una línea del Chicago Sun Times, que he cazado en filmaffinity y que la califica como pasmosamente tonta. ¿En qué estaban pensando John Travolta y Robin Williams? Imagino que en el cheque, pero llamarle tonto a ese argumento, a su puesta en escena y a la interpretación de dos actores de semejante renombre (aunque desigual carrera), es ser muy piadosos. No había visto una cosa tan vergonzante en mucho tiempo, y os juro que seguir aún en mitad de la montaña no tenía nada que ver, porque empezábamos a avanzar carretera abajo.

Para celebrarlo, el tercer título muestra del creativo y deslumbrante Hollywood de la década del 2.000, fue Os declaro marido y marido, de Adam Sandler y Kevin James. No hay nada como un autobús de línea para ponerse al día en asuntos de la condición humana, porque la manera de tratar la peripecia de dos amigos bomberos que se ven obligados a pasar por pareja homosexual es de una sutileza e ingenio a prueba de sordos. En Colombia no sé, pero a buen seguro que realizándose en España habría generado El día de la indignación gay y un nuevo debate sobre la utilidad de las subvenciones públicas al cine español. En definitiva, que entre la ínfima calidad de los chistes, la penosa moralina, el antiactor Sandler y la ruta a Villao otra vez parada a quince minutos del último túnel, empecé a pensar sobre cine forzoso y público indefenso. O cómo estas cosas pueden estrenarse hasta en los autobuses de las carreteras más exóticas cuando las películas simplemente mediocres de nuestros países de origen no va a verlas ni Blas, caso de que se estrenen en el multicine que reserva dos salas para la del tren imparable (la sala grande y la de 3d), otras dos para los canguros memos y un par más para la del cómico de brocha gorda. Y en cuál es el motivo por el que se ha llegado a semejante escenario, copado por productos norteamericanos de fórmula, a menudo de muy baja calidad, en detrimento de cualquier otro cine, bueno o malo, pero autóctono o al menos rodado en el idioma propio, ese con el que cada cual reza y blasfema cuando va en autobús.

Hay quien dice que la gente prefiere este tipo de películas porque no hacen pensar. Sin entrar en que ese efecto sea o no beneficioso para el alma, lo cierto es que a mí me hacen pensar demasiado. Por ejemplo, en que puestos a consumir comida rápida prefiero una arepa colombiana o un bocadillo de tortilla española a una hamburguesa de franquicia en la que hasta la lechuga sale del congelador ya troceada y la salsa se produce en una fábrica junto a los antiguos estudios de Hollywood, hoy en derribo. Si sólo necesito quitarme el hambre y “no pensar”, al menos ese menú alternativo me ofrece gracietas más familiares y actores más cercanos (gran ventaja, porque se critica con más placer la película de un compatriota, ¿lo habéis notado?).

Para entonces, la flota entraba en Villavicencio. Habíamos llegado al Llano justo a tiempo de perdernos la cuarta película del dia, aquella joya del amigo Jean Claude que ha tenido tres secuelas a cual mejor, titulada Soldado Universal. La pusieron cuando aún no sé veía el final del trancón y los viajeros pedían “una para niños”. Creo que fue el mejor gag en siete horas de pésimo cine y arrollador paisaje.