jueves, 21 de septiembre de 2017

El Bar



De La Iglesia le pasa lo que a Ridley: Tiene un par de obras maestras y todo lo demás que hace lo medimos en relación a El día de la bestia y La Comunidad.

Es injusto, Alex, pero es lo que hay. Si te sirve de consuelo, no todos los cineastas dejan perlas imperecederas en la vitrina.

Veamos que más hace este director: Películas de arranque vigoroso, desarrollo chulo pero en descenso y un último tramo de desbarre que les pone el borrón, aun siendo notables. En ese lote podemos colocar fácilmente a Balada triste de trompeta y a  Las brujas de Zugarramurdi (que a mí me encanta hasta que aparece Venus).

Películas coherentes de principio a fin, pero fallidas, por malas o por decepcionantes: Muertos de risaCrimen Ferpecto800 balas y El Bar.

El Bar tiene tres debilidades evidentes: La sobre-explotación del personaje mendigo, la explicación de la premisa (Los pájaros, hombre, Los pájaros) y la búsqueda suicida de una coherencia interna que le sienta a este cineasta como a un santo dos pistolas.

Por eso las buenas sensaciones duran menos que otras veces, los bajones de ritmo se notan más, el desenlace se hace demasiado largo. Con todo, el tinglado aguanta porque el director rueda con nervio indudable y edita lo rodado sacando oro hasta de la mierda.

Tiene otra en cocinas (Perfectos desconocidos). Si esa no entra en el selecto club de sus obras maestras, Alex De La Iglesia debería parar después a leerse unos cuantos guiones ajenos. 

Pero si entra, también.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Las dos últimas de un adaptador de best sellers


Me he visto las adaptaciones al cine de El guardián invisible y Palmeras en la nieve, esforzadas producciones que parten de sendos éxitos lectores, con lo jodido que ya va estando que te lea nadie. Haber publicado una novela recientemente pone las cosas algo más difíciles, porque los peros pueden parecer interesados. Pero allá cada cual, seguramente quien lea esto ni sabe que yo publico en papel, o apenas le importa. Vamos al lío.

He leído la novela de Dolores Redondo, primera de su trilogía del Batzán, de la que lo bebe todo la película El guardián invisible, empezando por el título. No he leído, en cambio, Palmeras en la nieve, la novela de Luz Gabás que propició una película inmediatamente anterior, dirigida por el mismo Fernando González Molina. Aún así, ver ambas adaptaciones me ha dejado la impresión de que la historia de El guardián invisible debió mejorarse notablemente con el trabajo de guión, mientras que el guionista de Palmeras en la nieve, por el contrario, dejó demasiada novela sin contar.

Lo que quiero decir es que El guardián invisible es una novela con carencias notables y trasladarla con fidelidad las evidencia todas. La producción destaca (en especial las localizaciones, la fotografía, la dirección artística), pero a un casting irregular hay que añadir la cantidad de diálogos meramente informativos que se desgranan en pantalla. El Batzán es hermoso, Elizondo también, el rumor del agua, el bosque, la niebla,… todo luce inquietante y telúrico. Pero esa fuerza no se traslada a la pantalla hasta que la madre anciana asoma la patita, casi al final. A partir de ahí, la película adquiere el pulso (ritmo, tensión, puesta en escena), que debió tener desde su inicio. Mucho antes de esa violencia bien rodada, un buen guión habría desarrollado mejor a la tercera hermana, a la tía, no digamos a los hombres de la historia. Tal y como queda, todo es demasiado tópico, demasiado plano. Y González Molina y su guionista parecen fiar en la adaptación de las dos partes restantes para tapar los huecos, perfilar pasiones y traumas, ganar en intensidad y sorpresa. Veremos.

Con Palmeras en la nieve diría que el problema es inverso, que la novela daba para mucho más, que el guionista ha sacrificado información valiosa del propio libro, dejándolo en pura peripecia exótico-romántica de bajo vuelo.

En pantalla, nadie pone en antecedentes al espectador (en el barco que les lleva a Fernando Poo, a través del personaje de Emilio Gutiérrez Caba una vez en tierra), sobre qué hace España en Guinea y cómo. Tampoco sabremos nada del deterioro en la vida colonial y sus razones, más allá de un cruel basiquito (impecable Luis Callejo, como siempre), unos blancos puteros y un par de frases nativas entre lo naif y lo filosófico, eso sí, muy resultonas.  

A pesar de la música, de la hermosa Berta Vázquez y del paraje guineano abrumador, la ambientación escrupulosa de los escenarios en dos épocas, la banda sonora emotiva, etc. todo queda como una serie de TV abreviada para cine. Si de verdad fuese una serie, mi crítica sería otra en lo formal, aunque el guión siga necesitando aclaraciones y puntos de vista menos académicos. Realizada para la pantalla grande (donde, por cierto, alcanzó enorme éxito), me parece tan bien fotografiada y tan plana de realización como El guardián invisible.

González Molina sabe manejar grandes presupuestos, pero necesita mejores guiones y mejores montadores. Mientras eso no cambie, me temo que será un adaptador funcional de best sellers. A lo que parece, el mejor disponible.


viernes, 1 de septiembre de 2017

El regreso

He vuelto después de semanas de desconexión absoluta (literalmente, puesto que estoy sin móvil desde mi último viaje transoceánico) y mientras pasaba el tiempo "del corazón a mis asuntos", han fallecido gentes de valía como Terele Pávez, Basilio Martín Patino o Jerry Lewis.

Agosto siempre ha sido un mes perro para los profesionales del cine. Pero éste ha sido especialmente cabrón. Buen viaje a los talentos que nos han abandonado.

De los estrenos más recientes y algunas repescas septembrinas hablaremos en breve. 

lunes, 31 de julio de 2017

Sam Sephard


Pues sí que estamos bien. Adiós, Sam. 
Siempre fuiste un gran piloto.

Jeanne Moreau


Saluda a Miles de mi parte. Allí nos veremos.

domingo, 30 de julio de 2017

Dunkerke


Nolan rueda muy bien, eso es indiscutible. La cuestión es siempre el qué. Esta vez tenemos tema de empaque, la Segunda Guerra Mundial. Y un hecho histórico poco utilizado por los anglosajones: la huida en masa de su ejército (con matices, claro). 

A la producción no le falta de nada: escenarios impresionantes, amplio reparto con alguna que otra estrella, extras a millares, barcos de todo tonelaje, aviones persiguiéndose y bombardeando, hundimientos, música de Zimmer y una exquisita integración de todo ello en la postpro.  

La historia, centrándonos en la supervivencia de un personaje que abre y cierra la película, es muy interesante, porque cualquiera puede empatizar con ese "a ver cómo coño salgo vivo de aquí".

Pero la ventaja de que dirija Nolan es también el inconveniente. A Christopher no le basta con narrar con solvencia un hecho cierto y duro. Tenemos que ponerle una chispa de trascendencia enigmática, en la estructura narrativa, en la banda sonora, en los silencios atormentados (¿pueden ser de otro modo en una situación así?). 

La película podría terminar en el vuelo a hélice parada y la estética poderosísima de esa imagen hubiera dejado la película en alto. Pero el negocio obliga a encadenar tantos finales como acciones paralelas o desordenadas hay en liza. Apurarlas es innecesario, ya se sabe lo que depara cada una. Sabemos que el chico saldrá en la prensa local, que el ruido de los cazas pone los pelos de punta a quien sigue en la playa, que los ingleses se sentirán orgullosos de su ejército incluso en la derrota.

Esto es Hollywood: La espectacularidad a toda costa -aunque ésta es una espectacularidad medida, fascinante y oportuna-, los mensajes bien claritos, el sabor de boca a palomita de julio.

Para mí, la discusión sobre cómo se aligera el peso de un barco agujereado, los desertores mojándose, la selección de los que zarpan, la carrera con la camilla o el comportamiento del viejo marinero y el avión solitario son las maestrías que le arranca el director a Dunkerke. Lo demás es temor a la taquilla. 

Un temor relativo, claro, es una peli de Nolan, experto en joyería del siglo XXI.


sábado, 15 de julio de 2017

La guerra del planeta de los simios


De nuevo los simios dando lecciones, de lo que debe ser un taquillazo veraniego, se entiende.

Claridad y coherencia narrativas. Prodigio técnico insuperable. Personajes entendibles e interesantes. Buen enganche a la primera de Heston, pero sin subrayado. Un ritmo perfecto en la primera mitad y lógico, aunque lento en comparación, en la segunda.

Explosiones, claro, y gordas, pero donde tocan.

Sólo tres peros:
- Música demasiado presente (definitivamente, en Hollywood ya sustituye a las emociones enlatadas).
- Después de verlas todas, no sé de dónde viene la expresión "follar como monos"
- A César debieron llamarle Moisés.